Ven

Ven

Sobrevivir a Tarifa es complicado. Para mí, ha sido imposible desde que la descubrí.
Un flechazo, una droga, una inspiración. Se enganchó en mi corazón, se puso la primera… Y aún no he podido desbancarla.
Hace ya algunos años, unas vacaciones necesitadas de sol y viento me trajeron hasta aquí.
Me encandiló el paisaje, verde hasta que se pierde la vista, el rojo atardecer, los molinos, los pájaros, los caballos, los caminos…
Recuerdo perfectamente mi primer contacto con el casco antiguo del pueblo… Las casas blancas, los adoquines bajo mis pies, las sonrisas de la gente, las croquetas de choco, el mejor atún del mundo.
Era verano, pero no hacía calor.
Disfruté cada día de esas preciosas playas y de ese mar… Azul y brillante, emborrachado de Levante, de Poniente, de todas las energías inimaginables… Donde se esconden el encanto y la magia que te atrapan sin remedio.

Bailé, reí, amé, olvidé…

Seguí soñando al regresar de mi viaje.

Intenté recuperar eso que llaman rutina. Sin embargo, ya no pude despertar una mañana sin recordar Tarifa. La veía en todas partes. En el despertador, en el metro, en los atascos, en el ceño fruncido de mi jefe. Demasiado tarde.

Ahí estaba llamándome en silencio, llenándome de luz, de paz y de vida.

Volví para sentir que el tiempo pasa, pero lo hace de una manera maravillosa.

Me quedé para invitarte a mi casa.

No me culpes si tú también te enamoras.

By Belén Cantavella